lunes, 26 de marzo de 2012

El telefonema

      -Es mejor que te acuestes, no me esperes, por lo que veo es imposible que llegue a una hora decente, en cuanto pueda me escapo y me voy directamente a mi casa, ya mañana te cuento todo con detalle, aunque es posible que veas fotos en los periódicos, ha sido muy bonito, incluso tengo que reconocer que me he emocionado un poco, saben organizar las cosas en este ayuntamiento, se ve que tienen experiencia de muchos años, respetan a los poetas, es más de lo que se puede decir de la mayoría de las administraciones públicas de este país, el caso es que me han enredado y aquí sigo, después de la comida un café, después un paseo hasta el museo municipal, con su arqueología y su poquito de escultura surrealista, otro café, visita a los parques y jardines por donde solía escribir D. Ulpiano, ya sabes, el eminente autor de sonetos en cuya memoria se celebra este certamen, merienda en casa de la viuda del poeta, imagínatelo, mi fase tartamuda tratando de consolar a la pobre señora, que debe de ser una santa pero en todo caso no se entera muy bien de lo que está pasando o a lo mejor sí se entera y ni siquiera es tan santa pero aprovecha estas visitas para montar su número anual de la doliente incosolable, menos mal que la cosa no duró más allá de cuarenta y cinco minutos, suficientes, eso sí, para inspirarme en un par de diplomas que había en su salón y que algún día me darán para un relato breve intenso, quizá para un poema narrativo de esos que se llevan tanto ahora, aún no lo he decidido, el caso es que luego fuimos a otro café y comenzaron a llegar artistas, un par de pintores locales, un novelista que vive en Madrid pero pasa largas temporadas en el pueblo, lo típico, la gente de la cultura que quiere saludar al ganador de este año, y aquí estamos todavía, en la tertulia, todos alaban mi buen oído y me recomiendan que contrate agente, en estos tiempos ningún escritor puede aspirar a ser conocido si no es por una buena agencia literaria que lo represente y le ayude a que su obra circule entre críticos y revistas especializadas, un horror, lo reconozco, es una manera vil de claudicar ante el capitalismo imperante, no creas que no soy consciente de lo que supone, una renuncia, un contrato de compraventa en verso, una rendición de once sílabas en rima asonante, la más baja de las inmoralidades, pero debería pensarlo, no son tan caros como imaginaba los agentes, el de Madrid dice que me puede presentar al suyo, debe de ser muy bueno, conoce personalmente a Pérez Reverte y alguna vez ha comido en casa de Chus Visor, ya, no me vendo, no lo necesito, tengo mi puesto de trabajo y mi dignidad, por cierto ya hablaré con tu padre de lo de la imagen de Dimas, no estoy enfadado pero creo que las cosas se pueden hacer de otra manera, en fin, te voy a dejar, mañana hablamos y te cuento, que duermas bien, no te preocupes. ¿La concejala? Un verdadero encanto, se llama Leticia, una persona con sensibilidad, ojalá fueran así todos los representantes públicos.

lunes, 19 de marzo de 2012

Los resplandores

      Lástima que la fotografía digital haya acabado con ese ritual hermoso de la fama breve, la gloria fugaz del poeta que se somete a los sucesivos resplandores de media docena de fotógrafos, todos ellos ignorantes de su obra y desconocedores de la perfección silábica y rítmica de los versos, del mismo modo que el autor premiado no sabe nada de los contratos indignos a que se ven sometidos los que ahora procuran el mejor encuadre y aprietan con insistencia el botón de acción, preocupados en llegar a tiempo a la siguiente rueda de prensa o concentración vecinal o manifestación o suicidio o convocatoria o boda o partido de fútbol. Lástima, decíamos, que ya no se estile el flash y el homenajeado no se vea en la obligación de cerrar los ojos, de protegerse con las manos a modo de visera, de convertir la sonrisa en mueca. Y lástima, en este caso, que el alcalde del Cúbico de los Molares sea tan inmenso que cualquiera que se retrate a su lado quede inmediatamente disminuido y enclenque, ridículo en su lírica, absurdo en su subgénero.
      Suerte, en cambio, que el trasiego municipal y su sucesión de secretarios, acreedores y aspirantes a la concejalía de urbanismo, no permita el necesario e inmerecido descanso para el citado alcalde, que rodea con sus gigantescos brazos al poeta Valín, le reitera las enhorabuenas en un apretón de manos bélico y desigual, le palmea con rudeza en la espalda animándole a nuevas gestas literarias y finalmente se despide, argumentando que le aguarda un durísimo y agrio almuerzo con varios constructores de la provincia, algunos de los cuales, sospecha, intentarán sobornarlo, un escándalo al que no dirá ni sí ni no ni todo lo contrario, como es lógico en un representante del pueblo al que, más que la moral o la anticuada honra, mueven el pragmatismo y la necesidad de aceras y farolas y parques con columpios debidamente homologados para que ningún niño del lugar se infecte y finalmente deba ser sometido a una tristísima amputación que le impida, por ejemplo, el ejercicio de la esgrima.
      E inmensa fortuna que la concejala de Cultura, en la que seguramente se ha reencarnado alguna famosa actriz norteamericana de los años setenta, sin que ninguna de las dos, ni la encarnada ni la encarnadora, sepa de tan fantástica confluencia, disponga de toda la tarde libre y no encuentre en su agenda otro plan que no sea proseguir el homenaje y acompañar al premiado Norberto al mejor restaurante de la localidad, invitarlo allí al más exquisito menú y a los más reveladores vinos, siempre a cargo de la tarjeta de crédito municipal, y conducirlo luego en coche particular al afamado Mirador Solariego del Castillo de San Eduardo, desde donde se contemplan magníficos crepúsculos y muchos poetas caen rendidos y enamorados ante el encanto casi adolescente de las concejalas de Cultura, sin que importe mucho que en algún interregno imprevisto suene el teléfono móvil y sea la novia oficial, la gran Margarita, y sea menester decirle que el acto literario continúa y no es posible prever hora de finalización.

lunes, 12 de marzo de 2012

La hipnosis

      ¿Quién se lo iba a decir? Tantos años escribiendo, buscando la rima turbia y la sonoridad exacta, tantas veces agitando la cabeza ante el espejo para conseguir que por fin salgan de ella todas las prosas del día a día, los recibos de la luz, las siete de la mañana, el tránsito intestinal y la parálisis ciudadana, tantos esfuerzos para trascender a un espacio más sublime y ser solo poeta, definitivamente poeta, ontológicamente poeta, y de pronto llega una concejala y Norberto Valín entra en éxtasis, como si nunca antes hubiera estado ante una manifestación tan perfecta y acabada de la esencia femenina. Ahora sí, piensa Valín, ahora puede decir que se siente digno del premio que le van a entregar y de muchos otros que vendrán después. Ahora sabe que las generaciones futuras, esas que aún aguardan en los descampados para ser engendradas, conocerán de memoria sus versos y los recitarán en las fiestas escolares. Ahora se da cuenta de que todo lo anterior ha sido ensayo para este momento glorioso. Y ahora siente un nerviosismo fiero cuando Leticia se le acerca risueña y le da dos besos, uno en cada mejilla, con absoluta y municipal sonrisa.
      -Enhorabuena, de verdad, me ha encantado. Sabes que las bases del premio me impiden votar, pero te aseguro que me he tenido que morder la lengua para no intervenir en las deliberaciones del jurado. Yo tuve clarísimo desde la primera votación que el mejor poemario era el tuyo, tan fresco, tan original, tan urbano. Había otros que no estaban mal, claro, demasiado costumbristas y previsibles para mi gusto, bien escritos, con cierta habilidad formal, pero tampoco se trata de repetir siempre lo mismo, ¿no crees? Oye, pero ven conmigo, siéntate, podemos esperar aquí mientras el alcalde soluciona unos asuntillos y van llegando los invitados. Cuéntame, cuéntame, estoy deseando saber cosas de ti, ¿has publicado más libros? Que sepas que nosotros vamos a hacer todo lo posible para que salga una edición bien hermosa. Te consultaremos sobre las ilustraciones, eso dalo por hecho, y haremos llegar ejemplares a todas las bibliotecas de la provincia.
      Vista de cerca, la concejala parece un torbellino de felicidad. Sus cabellos son dorados, aunque el color de las cejas conserva un negro feroz y telúrico. La nariz, pequeña y sinuosa, no quiere restar protagonismo a unos labios rotundos, prometedores. Más que ninguna otra cosa, llama la atención de Valín la perfección dental, la cordialidad explosiva, los círculos que dibuja en el aire con su mano derecha la representante del ayuntamiento, los movimientos de tórax, tan enérgicos y decididos que cualquier ciudadano censado en El Cúbico de los Molares tiene por fuerza que sentirse optimista.
      -Te diré que, ahora que te conozco, no voy a permitir que te escapes tan fácilmente. Me gustaría proponerte que colaboraras con nosotros. Somos un municipio pequeño, pero tenemos grandes proyectos culturales para el futuro. Nos gustaría organizar una semana internacional de literatura contemporánea y esperamos que nos ayudes con el programa. Te parecerá un atraco a mano armada, pero no siempre tiene una la ocasión de estar en compañía de un poeta tan excelente. Oye, seguro que nos puedes ayudar a traer a Javier Marías, seguro que lo conoces personalmente y todo. ¿Crees que le interesaría venir a dar una conferencia?
      -Trataré de convencerlo -responde Valín, enamorado, quebradizo e infiel.

lunes, 5 de marzo de 2012

La entrega

      Parece un gigante antiguo, una estatua bombardeada y mal reconstruida, con salientes que no encajan con el modelo original. Sus mofletes morados dan la impresión de estar a punto de estallar, en cualquier momento sus interlocutores quedarán manchados de la sangre negra que desprenda la onda expansiva. Como preámbulo o aviso, suelta pequeños proyectiles de saliva, toda su prosa es un escupitajo permanente y nauseabundo. Sí, produce asco, quizá es esa su característica primordial. No se entiende cómo un individuo así ha logrado revalidar la mayoría absoluta en cuatro mandatos consecutivos. El pueblo no se equivoca, decía la canción. O sí, piensa Norberto Valín mientras estrecha la mano del señor alcalde del Excelentísimo Ayuntamiento de El Cúbico de los Molares.
      -Enhorabuena, querido amigo, mi más cordial felicitación -proclama el munícipe, con una sonrisa que resalta las asimetrías y los excesos de su rostro.
      -Muchas gracias -responde Valín, un poco emocionado, también avergonzado de sentir emoción, también incómodo de sentir vergüenza, también cansado de sentir incomodidad.
      -Antes de nada, le confesaré una cosa -sigue el alcalde-, para que nadie se sorprenda ni se escandalice: yo soy un bruto, querido amigo, un asno total. Los vecinos me votan porque las alcantarillas funcionan y tenemos aceras por las que caminar. Pero en otros aspectos de la vida soy un absoluto ignorante, lo reconozco. Así que no voy a fingir ante usted: ni leo poesía ni me gusta ni sé cuáles son sus méritos. Lo que no quiere decir que los ponga en duda, al contrario, mi confianza en el jurado es plena y estoy seguro de que si está usted aquí es porque merece el honor, el cheque y el diploma conmemorativo que le entregaré dentro de unos minutos.
      Valín duda antes de responder. Puede irse por los cerros retóricos y anunciar que la poesía es un eterno misterio, no solo para los alcaldes sino para el común de la ciudadanía; o puede agradecer la entereza del regidor y proponerle algunas lecturas iniciáticas, ya se sabe, esas que le gustan a todo el mundo, un poquito de Machado, algunas cosillas convenientemente seleccionadas de Bécquer o Quevedo, sin desdeñar por ello lo contemporáneo. ¿Acaso no le gusta Benedetti a todo el mundo, sin ir más lejos? ¿No son bonitos y fáciles de entender aquellos versos suyos de la táctica y la estrategia y del leñador y los árboles? Sucede, como casi siempre, que la duda se prolonga más de la cuenta y todavía Norberto no ha abierto la boca. Mientras tanto, el salón de plenos se ha ido llenando de concejales, una docena de jubilados ociosos y un par de fotógrafos. La prensa provincial suele ser muy generosa con los acontecimientos culturales.
      -En fin, querido amigo, vayamos tomando asiento. Tengo entendido que trabaja usted en el Ateneo Liberal, ¿es cierto?
      -Así es.
      -Entonces, si es tan amable, haga llegar mis saludos al presidente, el señor Fernández. Hace años que nos une una sólida enemistad. Me ha llamado fascista más de una vez y yo considero que él es un ejemplo perfecto de parásito social, el típico subvencionado faltón... En fin, no me haga caso. Hoy estamos aquí por un motivo jubiloso. Mire, le presento a Leticia, nuestra Concejala de Cultura y Deportes. ¿A que es una preciosidad?

lunes, 27 de febrero de 2012

El reproche

      -Tu padre lo sabía, estoy seguro de ello. Todo ha sido un plan perfectamente diseñado, debería haberme dado cuenta desde el principio. No sé ni cómo me sometí a esta absurda carnavalada. Si ya me dice el señor Fernández que me limite a abrazar los principios libertarios y no me fíe de nadie. Qué vergüenza, a mis años...
      Norberto Valín ensaya una y otra vez el discurso con el que piensa sorprender a su novia, Margarita del Casar, en cuanto la tenga delante, pero no logra concentrarse. Se lo impiden el frío, del que no logra evadirse a pesar de la manta eléctrica con la que envuelve su cuerpo, y la escasa longitud de las piernas del pijama, un incordio del que no sabe muy bien a quién culpar, tal vez a sí mismo. También la indignación, malva y rugosa, enturbia su pensamiento. Se siente humillado, aterido y feroz, todo a un tiempo y en orden variable. Ha pasado dos horas desnudo (en realidad, con su slip negro de dragón verde) delante de un anciano que no dejaba de hablar mientras palpaba con evidente deleite su cuerpo cuarentón y administrativo. Después de la primera hora de exploración, Valín comenzó a sospechar que no eran el artístico ni el científico los únicos propósitos que guiaban las suaves manos de Cecilio Nanclares. Y fue en ese momento, en que lo normal hubiera sido rebelarse y levantar el puño en señal de justa ira, cuando Norberto notó en su pecho con granos los primeros avisos de la sospecha.
      -Todo el mundo conoce a tu padre y tu padre conoce a todo el mundo. ¿Cómo no iba a saber uno de los principales responsables de las procesiones de Semana Santa que la técnica de trabajo del viejo Nanclares se basa en una sesión manual que ni siquiera pasa por alto los pliegues más recónditos del inocente modelo?
      Sí, eso le diría a Margarita en cuanto la viese. Pinchaba en hueso su novia si pensaba que no había peligro de incendio bajo el aterciopelado manto del hacedor de versos. Pues no, nada más lejos de la verdad. Aún estremecido de frío pero ya rojo de rencor, Norberto creía oír las carcajadas del patriarca Del Casar y sus hijos, todos ellos amputados y fieros, llorosos los ojos al evocar la imagen del posible yerno sometido a los pulgares de D. Cecilio.
      -Es que no entiendo cómo no me percaté de que no hay idea más absurda que dedicarle una imagen a Dimas. ¿El Buen Ladrón? ¿Dónde se ha visto patochada semejante? ¿Y es que acaso no disponen ya las cofradías de esta mojigatísima ciudad de docenas o centenares o millones de santos que sacar a pasear por las calles durante la famosa semana de abril que muchos siguen llamando "de pasión"? ¿No les parece suficiente tedio con la retahíla de vírgenes, eccehomos, nazarenos y resucitados? ¿A qué viene esa insistencia en disponer de un Dimas suplicante al que castigar con mi rostro y mi figura? ¿Quizá para facilitar el escarnio de mis conciudadanos?
      Todas estas cosas y más que pueden imaginar son las que pasan por la atormentada mente del poeta Valín. Se las dirá mañana mismo a su novia, con aplomo y sin diplomacia, con arrojo y sin concesiones. No está dispuesto a que se burlen de él, no permitirá que siga adelante la mofa disfrazada de Dimas, no consentirá que D. Cecilio Nanclares le vuelva a rozar la piel. Todo eso será mañana porque hoy, ya lo ven, Norberto Valín se duerme, se le cierran los ojitos, ya se durmió. Más que un crucificado, parece un rubicundo angelito.

lunes, 20 de febrero de 2012

La prueba

      Don Cecilio Nanclares trabaja prácticamente a oscuras. La austeridad de su taller, un local estrecho de unos cincuenta metros cuadrados, es casi aceptable; lo que resulta escandaloso es la baja temperatura, un verdadero castigo para el ser humano cuarentón que se ve obligado, por exigencias de la tradición, a despojarse de sus vestiduras (una palabra bíblica y ejemplar; todo lo contrario sería que dijéramos "ropa", que sonaría pornográfico a los limpios oídos de la mayoría de ustedes). El que se libra del atuendo y al cabo se desnuda es Norberto Valín en persona, poeta de mérito y ciudadano de compromiso, hoy algo melancólico por culpa de unos ínfimos granitos sonrosados que le han salido en el pecho, ya es mala suerte, justo en el instante en que debe prescindir de camiseta y mostrar su tórax a los ojos curiosos del escultor. Por fortuna D. Cecilio, que roza ya la santidad, no goza de buena vista ni necesita grandes flexos. Su arte, que recibió elogios de obispos, se basa casi exclusivamente en el tacto.
      -No es preciso -afirma Nanclares- acribilllarlo a usted a fogonazos de luz. Me basta con que me permita tocar su cuerpo. Hay gente, sobre todo señoras de cierta edad, a la que le resulta desagradable mi técnica creativa, pero puedo asegurarle que no hay nada en ella de impúdico o retorcido. Las manos del escultor son su herramienta de trabajo; de ahí que deba utilizarlas todo el tiempo, de ahí que ahora recorra con ellas su cuello y las haga descender a los hombros, muy despacio, de ahí que me entretenga en sus escasos biceps y dedique varios minutos a calcular las formas y dimensiones de sus dedos. No me lo tome a mal, piense que también las señoras de cierta edad se acaban acostumbrando. Alguna incluso me ha confesado que... Pero relájese, no haga caso a mis seniles anécdotas. Noto que su piel se eriza y no quisiera yo causarle la menor turbación. Reconozco que hace un poco de frío, me lo han dicho varias personas, pero le revelaré que hace casi diez años que decidí retirar la estufa de butano: la gente se asustaba al ver la bombona.
      Valín ha elegido para la sesión escultórica unos calzoncillos negros con dragón verde, estilo slip. Es la única prenda que lleva puesta en el momento en que Don Cecilio le pide que levante los brazos al cielo y aguante la postura durante al menos cinco minutos.
      -Recuerde que a Dimas, el ladrón llamado bueno, lo conocemos únicamente por el momento en que comparte crucifixión con Jesucristo Nuestro Señor. Nada sabemos con certeza de su vida anterior; nos limitamos a suponer que su condena a muerte era el justo pago con que se castigaba una buena colección de delitos y fechorías. En realidad, no habría nada en este personaje de histórico si no fuera por su iluminación final, ese instante de raciocinio extremo en el que se dirigió con respeto al Hijo de Dios y le pidió perdón por su pecados.
      -Todo eso está muy bien -interviene Valín-, pero repare en que sigo desnudo, tengo los brazos en alto y este local suyo no es precisamente el más acogedor y cálido del mundo. Siempre es un placer escuchar su relato, señor Nanclares, pero tal vez me sea de mayor provecho en otra ocasión, quién sabe si sentado y con alguna hoguera no muy lejana.
      -No se queje, Valín, recuerde que nos une la misión de retratar a un sufriente moribundo, no a un risueño auxiliar administrativo. Nos conviene que se halle incómodo y molesto; es justo lo que necesitamos para que nuestro Dimas aspire a una cierta verosimilitud.

lunes, 13 de febrero de 2012

El ensayo

      Al anochecer, después de haberse despedido hasta el día siguiente de su novia y del mundo en general, Norberto Valín, solo en su domicilio, sube la calefacción hasta los 23 grados centígrados que recomienda el Ministerio de Industria. Es un buen momento para comer media docena de mandarinas, un vicio confesable del que se siente raramente orgulloso. Asimismo, es la hora ideal para escuchar los servicios informativos de Radio Nacional de España y, al mismo tiempo, colgar en el armario, con mucho orden y simetría, la ropa usada a lo largo de la jornada, con excepción de aquella que, por su vida peligrosa e interior, necesita ya un tránsito por la lavadora. Es el instante adecuado para rebuscar entre la colección de pijamas, todos clásicos, y elegir uno cálido y confortable. Valín experimenta en estas rutinas un extraño placer doméstico: le parece hermoso saberse occidental, le resulta gratificante tener un puesto de trabajo por el que le retribuyen una austera pero honrada nómina, le reconforta recordar que bajo su apariencia casi invisible se esconde un poeta premiado, es más, un poeta premiado que apenas unas horas antes ha conseguido culminar con cierto éxito una apacible cópula.
      Le inquieta, en cambio, la misión que le aguarda al día siguiente. A las diez y media de la mañana, en una breve ausencia laboral para la que deberá pedir permiso al presidente del Ateneo, debe acudir al estudio del prestigioso ciudadano Cecilio Nanclares, seguramente el escultor más renombrado de la provincia. Según la decisión del empresario pirotécnico Del Casar, padre de Margarita, Nanclares es el elegido para elaborar la nueva talla de Semana Santa, aquella que, por su osadía y brillantez, debe reafirmar aún más la fama que poseen en el mundo entero las procesiones de esta ciudad. En la creación que ahora se pretende, el cuerpo de Valín debe ser modelo para la imagen de Dimas, el Buen Ladrón, al que se representará, como es tradicional, ya crucificado pero todavía no moribundo, suplicante y devoto en la conversación con su compañero de Calvario, Jesús de Nazaret. Con la natural modestia que caracteriza a casi todos los constructores de versos, el presunto yerno Norberto no se siente capacitado para el cometido que le han encargado. Ante el espejo, apartando levemente algunas partes del pijama que acaba de ponerse, confirma que su abdomen y su pecho son abundantes y demasiado blancos, sus brazos estrechos, sus piernas algo irregulares. Y sí, aunque acepta que no hay ningún testimonio histórico que dibuje a Dimas como un individuo de líneas apolíneas, le parece cada vez más inverosímil que su cuerpo fofo y levemente franquista pueda asemejarse al de un delincuente judío del año 33. Su rostro no posee fiereza ni rotundidad, su mandíbula no muestra la determinación necesaria, su nariz es casi irrelevante. ¿Cómo puede un hombre así hacerse pasar por un personaje bíblico tan conocido? El espejo no responde, pero persisten las dudas de Valín: ¿No será esta misión, tan grotesca y fuera de lo común, una especie de bienvenida chusca por parte de su eventual suegro? ¿No se estará burlando, desde su condición regia de empresario mutilado, del pergeñador de versos que calienta el lecho de su hija? Y, ya metidos en reflexiones: ¿No es el papel de Dimas uno de los más ridículos y dignos de mofa de toda la Historia Sagrada?

lunes, 6 de febrero de 2012

El poema

      -Les has caído muy bien a todos. Dicen que eres una persona sensible e inteligente -afirma Margarita del Casar, con el codo apoyado sobre la almohada y el seno derecho en estado de visibilidad.
      -No te creo -responde su amante-, aunque sí agradezco las buenas intenciones. En fin, nunca tuve aspiraciones de yerno ideal y supongo que no ayudan nada estas molestas adiposidades que se manifiestan últimamente en mi abdomen y en mi papada. Tú dices que las encuentras atractivas, cuando lo normal sería que te produjeran asco.
      -¿Cómo se te ocurren esas cosas? -sonríe la amada, mientras juega con los cabellos grises de Valín - ¿No ves que eres uno de los hombres más interesantes de la ciudad? ¿No te das cuenta de que yo, con esta herencia y estas curvas y estos prometedores labios, podría haberme casado con cualquiera de los candidatos millonarios que me han rondado en estos últimos años, y que en lugar de eso prefiero acostarme contigo, que no eres especialmente hábil en las liturgias del sexo, pero en cambio tienes una mirada profunda y enigmática que me embriaga?
      -Marga, de verdad, yo creo que nos excedemos con este lenguaje barroco. Reconozco que es muy excitante, pero a la vez confieso que me fatiga mucho que cada uno de nuestros coitos exija unos prolegómenos que más bien parecen juegos florales. 
      -Tienes razón, tienes razón, pero es tan divertido. Oye, ¿y por qué no me recitas alguno de los versos que te han premiado en El Cúbico de los Molares? Va a ser muy emocionante ver al rancio del alcalde entregándote un diploma, el muy analfabeto, inexplicable que siga contando con el apoyo de su partido. Claro que, ya sabes, se lleva bien con el presidente de la Diputación y...
      -¿Pero no querías que te recitase versos? ¿Ves como tu conciencia social te atrapa y te aleja del mundo? Se nota que has crecido en una fábrica pirotécnica, eres una explosión permanente.
       -Eso me ha gustado -dice Margarita, premiando con un beso en los labios la ocurrencia de Norberto-. Y ahora, cuando quieras, te escucho.
       -Está bien, aquí va un fragmento de un poema titulado "Filología". No temas, no voy a carraspear ni a aclarar la garganta. Me gusta que mis versos suenen oscuros y rotos.
       -Muy bien, pero deja que cambie de postura, se me está durmiendo este brazo.
      El administrativo Norberto Valín toma oxígeno, el justo y necesario para no ahogarse en la primera embestida, y comienza:
Sorry, you don´t have any new mail
pero el sol vuelve y hay nueces
mientras aguardamos.
Traigo pilas para la radio vieja,
todavía me acuerdo
de la primera comunión.

Nulla dies sine linea,
claro que ayer fue martes
y no tengo nada que añadir
a las derrotas inciertas,
por no mencionar lo mucho que me aburro
cada vez que el miedo se apodera
de mí y llega la noche.

Qu´il est long le chemin,
pero no me gusta el paisaje
 y siguen ladrando los perros
 contra el bajo vientre.

Let´s twist again, alone again,
o mejor enterremos las manos
en la arena de la playa.


In dubio, profanemos.

      -Es original, poderoso, energético, me ha impresionado -afirma Margarita con los ojos entreabiertos, como si dudase entre dormir un poco o iniciar de nuevo la danza de la carne.

lunes, 30 de enero de 2012

El fascista

      -¡No te lo vas a creer! -exclama Valín con un entusiasmo impropio de su puesto de trabajo, de su condición de poeta, de su edad y de su espíritu habitualmente melancólico.
      -¿Qué ha pasado? -responde o pregunta Margarita, su novia, que parece concentrada en la cocción de las patatas y no muestra demasiado interés por las noticias procedentes del exterior de su cocina.
      -Estaba tomando café en el bar del Ateneo con D. José cuando de pronto me ha sonado el móvil. Era el alcalde de El Cúbico de los Molares, nada menos.
      La novia levanta la cabeza. Todavía no se atreve a apartar su vista de la olla donde ya bulle el agua, pero comienza a manifestar alguna curiosidad por lo que vaya a contar Norberto. El mandil con que se protege es de un tejido brillante, semejante al hule, con dos agujeros provocados por pequeños incendios domésticos.
      -¿Y qué quería ese fascista?
     A Valín, hombre de ideologías inestables, le produce una rara excitación la rabia tenue con la que Margarita dice "fascista", tan tranquila y fiera como si dijese "calvo" o "larguirucho" o cualquier otro adjetivo. "Fascista" es una palabra muy sonora, que evoca sangre, disparos al amanecer, desfiles por larguísimas avenidas, discursos desde balcones lejanos. Pronunciada por una mujer de labios sensuales, máxime si lo hace concentrada en las patatas hirvientes de la olla, provoca un pequeño terremoto interno, una necesidad casi adolescente de frotamiento, un pequeño ahogo impropio de la cuarentena. Por todo ello, Norberto Valín carraspea y se toca la garganta, como si tuviera que ajustar una imaginaria corbata antes de responder. "Fascista", magnífica palabra, signifique lo que signifique.
      -Pues llamaba para darme una noticia excelente. Resulta que he ganado el Certamen de Poesía "Ulpiano Vélez".
     Margarita mueve lentamente el cuello y observa a su amante. Sigue seria, aunque todo parece indicar que el brillo de sus ojos puede acompañarse de sonrisa en cualquier momento.
      -Anda, qué bien, no me habías dicho nada. ¿Y te publican la obra? ¿Te pagan algo? Perdona, perdona, me he puesto nerviosa y me olvido de lo principal. Me alegro mucho por ti, enhorabuena.
      La novia de Norberto abandona durante unos segundos su misión cocinera, estampa un breve beso en la mejilla izquierda del administrativo del Ateneo Liberal y vuelve rápidamente sobre sus pasos, para asegurarse de que no hay peligro de explosión sobre la placa vitrocerámica.
      -Vaya días de emociones, ¿verdad? Primero lo de Dimas y ahora esto. Mis padres se van a sentir muy orgullosos.
      -Creo que publican la obra. Por lo que recuerdo de las bases, pagan seiscientos euros; en fin, no es mucho, pero lo importante es que reconozcan la valía de mis versos.
      -Por supuesto, por supuesto -concluye Margarita, mientras clava un tenedor en las patatas y comprueba, con cierto pesar, que todavía están demasiado duras.

lunes, 23 de enero de 2012

El proyecto

      Con lengua de cartón y cerebro lento, así habla Norberto Valín, asombrado del mal sabor que invade su paladar y estupefacto ante el interés que camarero y presidente muestran por su nueva misión. De haberlo presentido, habría puesto más atención a las explicaciones del padre de Margarita. Ahora, la verdad sea dicha, no recuerda más que una sucesión de rumores ypalabras inconexas, también una temperatura corporal muy agradable, propicia a los bostezos y la siesta, molesta cuando uno debe mantenerse en estado de alerta.
      -Te aburres, no puedes disimularlo, tus ojos te delatan -había afirmado el patriarca, con una sonrisa tan fría que ni siquiera se podía calificar de falsa.
      -No, en absoluto, estoy tal vez un poco cansado, pero me interesa mucho la conversación: hablaba usted de dedicar el año que viene al estudio y la difusión de la figura de Dimas, el Buen Ladrón -repuso o quiso reponer Valín.
      -Qué escándalo -comenta el presidente del Ateneo cuando el auxiliar Norberto le refiere la conversación-, qué vileza. Y no lo digo por la ridícula idea de homenajear a un personaje bíblico sobre el que casi no hay información, sino por el servilismo atroz que muestra usted con todos los representantes de ese club privado fundado por San Pedro.
      -En fin, qué quiere que le haga: es el padre de mi novia, yo me encontraba en sus dominios, soy fácilmente impresionable... Como usted sabe, cuando salgo de la zona poética, todo se me vuelve sísmico y turbio, es fácil convencerme para casi cualquier cosa -se justifica Valín con los pulgares trazando circunferencias en la sienes-. Y esto no es cualquier cosa. Repare usted en que, si la empresa sale bien, mi rostro habrá servido de modelo para una creación artística de primer orden.
       -Ajá, la inmortalidad, Valín, esa es la cuestión. Ahí han asomado, no tan tímidamente como hubiéramos deseado, los vanidosos ojos de la autocomplacencia. Usted se presta a una mascarada nauseabunda con la esperanza de que el escultor sea hábil y capte la difícil esencia de su rostro. No, a usted no le importa lo más mínimo lo que hizo o dijo el Buen Ladrón. Llegados a este punto, hace ya tiempo que abandonó el gusto por la Historia en cuanto disciplina científica. Lo único que le importa ahora es su gloria particular. Como ve que la producción de versos no satisface sus ansias de vanidad y riqueza, se deja convencer por su concubina y acepta posar, desnudo si es menester, para esa nueva talla policromada de la que muchas tertulias ciudadanas hablan desde hace meses. Y no parece interesarle lo más mínimo el dato que le voy a dar a continuación:. en los evangelios, esos que la mayoría de los habitantes de esta ciudad proclaman como verdaderos, sin que ello quiera decir que se tomen la molestia de leerlos, no se cita ni una sola vez al tal Dimas. Hágame caso, Norberto, en la representación que está a punto de protagonizar, le ha tocado un papel falso, una estafa histórica, un despropósito más del oscurantismo eclesiástico.
       -Con su permiso, D. José -responde el aludido-, no voy a hacer otra cosa que permitir que se inspiren en mi cuerpo para dar verosimilitud al hombre que agoniza a la derecha de Jesús Cristo.
       -A mí me parece admirable -interviene Urbano, con tanto entusiasmo que la taza que limpiaba se resbala de sus manos y cae al suelo, donde se convierte en una alegre algarabía de irrecuperables añicos.

lunes, 16 de enero de 2012

La resaca

      -Pues me he pasado el fin de semana memorizando versos de Miguel Hernández; es para la semana de la poesía de la asociación de vecinos del barrio, ya sabe -dice Urbano, el camarero, mientras seca vasos con su habitual precisión.
      Norberto Valín mueve la cucharilla del café en el sentido contrario al movimiento de las agujas del reloj. Como pueden comprobar, está algo más encorvado de lo habitual, parece envejecido con respecto al día anterior, apoya los codos sobre la barra como si realmente tuviese problemas para sostenerse en pie.
      -Se le ve cansado, Valín. Tiene usted que hacer más ejercicio -exclama e irrumpe D. José Fernández, presidente del Ateneo Liberal-, los jóvenes de hoy en día tienen una tendencia enfermiza a la parálisis, a la inacción, a la pasividad, a la abulia... Y eso que ya no es usted tan joven. Haga como yo, cómprese un chándal y salga a caminar. Una hora al día, a buen ritmo, incompatible con la conversación. Verá como al terminar se encuentra mucho mejor. Incluso es posible que se le ocurra algún soneto.
      El auxiliar administrativo se endereza y pasa la lengua por los labios, en los que sigue encontrando un sabor desagradable. Los mensajes de su cuerpo, eso que los solemnes denominan síntomas, parecen responder al fenómeno conocido como resaca. Sin embargo, no recuerda haber ingerido demasiado alcohol en el banquete del día anterior. Sí es consciente de haber probado un par de licores, pero en una cantidad tan insignificante que no basta para explicar el tremendo dolor de cabeza que lo aturde en este momento. Por otra parte, si está aquí, en el bar del Ateneo, con Urbano y D. José, parece claro que consiguió volver a su casa sin mayor contratiempo, que seguramente el Ford Fiesta descansa en el garaje, que no tardará en llegar el sms de las doce de Margarita.
      -¿Y qué? ¿No va a contarnos nada de su entrevista con el presidente de la venerable Cofradía del Calvario? He oído que ayer estuvo usted en su casa, compartiendo mesa y mantel. De ahí procede, imagino, esa absurda palidez que preside hoy su rostro.
      Las palabras del presidente han sonado como una sucesión de martillazos. Los pensamientos que se agolpaban en las sienes de Valín luchan por ordenarse y salir a flote. En el estómago parece estar celebrándose una batalla de imprevisibles consecuencias. Los párpados se declaran en situación de semihuelga, molestos  por el exceso de luz de la mañana. Con todo, la evidencia que más duele es, como siempre, la constatación de que en esta ciudad de iglesias románicas y almas peatonales no hay manera de hacer nada sin que al día siguiente el hecho sea conocido por buena parte de la población. De un modo natural, casi involuntario, todo el mundo sabe de las andanzas propias y ajenas, las turbias y las castas, las meritorias y las delictivas. Incluso una comida inocente es objeto de análisis y comentario.
       -Pero díganos, cuéntenos. No se ampare en esa ridícula cefalalgia. ¿No ve que nosotros, como representantes de la sociedad laica, tenemos derecho a conocer los proyectos y los desvaríos de aquellos que todavía ven en nuestras calles un simple escenario para sus oscurantistas y trasnochadas procesiones? Urbano, traiga inmediatamente una aspirina, que nuestro amigo el poeta va a necesitar un refuerzo.

lunes, 9 de enero de 2012

La ebriedad

      A la hora de los postres, ya con alguna mancha en el mantel, preside la mesa una extraña torta de maíz con fresa, regalo de un pastelero experimental amigo de la familia. Proliferan licores de diferentes tonalidades y espesuras; a juzgar por las botellas, el más celebrado parece ser el de café. El ambiente, que era tenso al principio, se ha ido desordenando. Los hermanos del Casar ya no disimulan su aburrimiento; el padre muestra su desdén abiertamente, con los labios mojados de aguardiente y los ojos algo llorosos; la madre sigue invisible, con leves fogonazos de luz que le endiablan la mirada; la novia permanece risueña y digna, altiva y súbitamente sentenciosa. Norberto Valín la encuentra de pronto perfecta, como si toda la jornada de diplomacias y obviedades la hubiese convertido en una sultana más deseable que nunca. Las curvas de la blusa parecen mayores y mejor dibujadas; la suave caída del cabello sobre la frente resulta irresistible, tanto que el poeta del Ateneo prefiere apartar la mirada y centrarse en el monólogo del patriarca.
      -Ah, la Semana Santa, por supuesto, sé que la mencionas por puro compromiso, por quedar bien y dártelas de ciudadano comprometido. Seguramente mi hija te habrá dicho que es una de mis pasiones, pensará que así va a conseguir que nos hagamos amiguitos y me olvide de una vez del asco que me da imaginar vuestros sudores. En fin, por lo menos espero que no seas tan hortera como para recitarle uno de esos versos que escribes en el anuario del Ateneo en el momento más fogoso; no quiero ni imaginarlo, nada puede ser más aborrecible que un macho en retirada que pretende disimular la flaccidez de su pene haciéndose el poeta en los prolegómenos del encuentro sexual. No pongas esa cara, estoy de broma, a tu edad ya deberías saber que hay ciertos contextos de la vida en que el humor debe asumir sus riesgos. Al cabo, tú tienes cuarenta y tantos años, mi hija veinte y yo sesenta. Generacionalmente, tienes más que ver conmigo que con ella. Solo que evidentemente tú y yo no vamos a compartir sábana. Pero no sé a qué venía todo esto. Ah, sí, la Semana Santa, ese es el tema que te interesaba antes de que el licor desatase mi lengua y me obligase a pronunciar un discurso que deberemos olvidar en tres segundos. Tres, dos, uno, ya, olvidado, te decía, amigo Norberto, que quizás seas tú la persona ideal para el nuevo proyecto que queremos emprender los Cofrades del Calvario Absoluto. No, no entres todavía en pánico, ya pasó el tiempo de los sarcasmos. Ahora mismo me siento amable y hasta campechano, no permitiría que te crucificasen en público en una mascarada filipina, ni siquiera lo cambiaría por medio minuto de gloria en el telediario del mediodía. Lo que necesitamos es algo mucho más simple y pueril, en realidad nos valdría cualquiera, solo que prefiero ofrecértelo a ti como muestra del asombro que me produce la decisión de mi hija de acostarte contigo. Perdona, perdona, ya estoy recayendo en mis obsesiones, intentaré centrarme. Te lo resumo, me tomo otro trago y a continuación me callo: queremos construir un paso nuevo para la Semana Santa, algo que sea definitivamente original e incluso polémico. Pensamos muy seriamente que ya ha llegado el momento de homenajear a Dimas.
      -¿Dimas? -dice Valín, que pasa de la palidez al rubor y de nuevo a la palidez en el mismo minuto.
      -Sí, ya sabes, el Buen Ladrón, uno de los que murieron crucificados junto a Cristo Nuestro Señor.

lunes, 2 de enero de 2012

El espejo

      Norberto Valín se contempla largamente en el espejo del lujoso cuarto de baño. Uno de los hermanos de Margarita, el más lánguido (flaco y pálido, le faltan un pulgar y media oreja), lo ha acompañado justo hasta la puerta, con una media sonrisa temblorosa que Valín no sabe si achacar a un tic nervioso o al escepticismo general que su llegada provoca en los habitantes de la Finca Saturno. Por suerte, una vez que se cierra la puerta (con cerradura, para evitar situaciones embarazosas), se inicia una mínima tregua liberadora. Es el momento en que muchos aprovecharían para replegar tensiones y acometer una minuciosa inspección por el territorio desconocido, pero no es el caso. Al poeta del Ateneo Liberal le traen sin cuidado la calidad de las toallas o el color de los azulejos; no siente la tentación de anotar los nombres de las colonias que pueblan las repisas ni le mueve la curiosidad de abrir alguno de aquellos armarios de tiradores dorados y comprobar qué misterios esconden. En el último momento de soledad del que puede disfrutar antes del banquete, tan solo necesita desalojar la vejiga y verse en el espejo, demoradamente, minuciosamente, con el patetismo que cabe aguardar en cualquiera que se precie de escribir versos.
      La camisa, que tan perfecta parecía una hora antes, muestra ahora un par de arrugas de origen desconocido (quizá el cinturón de seguridad del Ford Fiesta), así como unas levísimas manchas de sudor en el cuello, impropias de un hombre aplomado y seguro de si mismo. Pero lo más alarmante no es el vestuario, sino el rostro que se refleja en el espejo. Valín se halla repentinamente envejecido. La semana anterior, en el baño de Margarita, pocos minutos después del coito, se había visto seductor e interesante, con un cierto desenfado juvenil en el flequillo. Pero ahora, de pronto, se ve mayor, ojeroso, flojo, con las mejillas teñidas de un color rosáceo absolutamente indigno. Lo que antes le parecía flequillo semeja más bien un pequeño retén de cabellos supervivientes y casi moribundos. El conjunto, en fin, se desmorona, y Norberto Valín siente como un peso insoportable el deber de salir del cuarto de baño y enfrentarse a una comida con su nueva familia.
      Le queda el consuelo de la poesía, siempre presente, esa especie de ansiolítico endecasílabo que a menudo le libera de las tensiones de la realidad. Antes de abandonar el refugio, Valín utiliza el teléfono móvil (mal irían las cosas en el planeta si surgiesen riñas entre la lírica y las nuevas tecnologías) para anotar un par de versos, quizá una única idea suelta, suficiente para erigir sobre ella algunas estrofas, tal vez un soneto entero: "Aquí estoy, en el hogar de los mancos, / aguardando cadalsos y paellas, / temiendo que me amputen anulares, / dispuesto a batallar por los meñiques." Norberto abre la puerta, ligeramente confuso. Tarda en recordar el camino de vuelta al salón, le molesta que los versos hayan nacido sin rima, le aturde todavía la imagen de su ajado rostro. Antes de seguir andando, véanlo, se ajusta el pantalón, elevándolo hasta la altura de la cintura y acomodando los testículos.